El timbre del teléfono cortó el silencio del apartamento como una cuchilla. Lucía levantó la vista del informe que había estado leyendo —la misma línea por tercera vez— y observó la pantalla: Sofía. Por supuesto.
—¡Tienes que volver, Lucía! —la voz de su amiga se derramó por el auricular antes de que pudiera siquiera saludar, vibrando de ese entusiasmo que Sofía reservaba para sus cruzadas más peligrosas—. Ese club es adictivo. Y no me refiero a las copas.
Adictivo. La palabra se quedó flotando