El salón seguía vibrando con música suave, pero para Aria todo sonaba lejano. Después del baile con el senador, aún sentía la piel ardiendo; no por él, sino por la mirada de Victtorio atravesándola desde la distancia. Esa mezcla de rabia y deseo que solo él parecía provocarle.
Sofía tiró levemente de su brazo.
—Ya vámonos, Ari… por favor.
—Sí, vámonos —musitó Aria, todavía descolocada.
Ambas caminaron hacia el lobby del hotel, sin mirar atrás. Pero antes de llegar a la salida, alguien apareció