Aria escoltó a Sofía a la lujosa habitación de invitados, asegurándose de que la puerta estuviera bien cerrada y sin pestillo, una precaución inútil en una casa donde la vigilancia era invisible, pero necesaria para la tranquilidad de su hermana.
Sofía, todavía temblando por la audacia de su llegada y el rostro furioso de Victtorio en la escalera, se derrumbó en la cama.
—No debiste venir —susurró Aria, sentándose junto a ella—. Nuestros padres tienen razón, es peligroso.
—¿Peligroso? ¡Estás ca