Carter entró sin tocar.
La puerta del despacho se abrió de golpe y su presencia llenó el espacio como una descarga eléctrica. Tenía el rostro desencajado, los ojos encendidos, la mandíbula apretada al límite. No necesitó preguntar nada. Bastó con ver a Aria pálida, temblando, y a Victtorio con el teléfono aún en la mano.
—No —dijo Carter con la voz rota— dime que no es Sofía.
Victtorio lo miró un segundo largo antes de hablar.
—No regresó —respondió con frialdad controlada— perdimos contact