La lluvia caía fina sobre Manhattan cuando el Aston negro se detuvo frente al club más exclusivo de Victtorio. Las luces neón rojas iluminaban la entrada como si fuera una boca preparada para devorar pecados.
Victtorio no esperó al valet. Ni siquiera apagó el motor.
Entró al club como una sombra furiosa, con la mandíbula tensa y los recuerdos de Aria clavándole la piel como garras.
Raquel lo vio apenas cruzó la puerta.
Su favorita. Su constante. La mujer a la que acudía cada vez que quería olvi