El aire estaba cargado de júbilo aquella noche. La manada Luna Creciente se había reunido entera para celebrar el cumpleaños número dieciocho de Diana, la hija de sus alfas, la princesa indomable de cabellos rojizos y ojos intensos como brasas. El campamento rebosaba de luces, guirnaldas y aromas dulces que se mezclaban con la música de tambores y flautas.
La muchacha había crecido bajo la mirada de todos, y verla convertirse en adulta era motivo de orgullo. Niños corrían entre las mesas, ancia