El cuarto amanecer se coló cortante por entre las grietas de la Cuenca, un viento que azotaba como látigo invisible y levantaba polvo plateado. Los Braseros Mayores ardían con una llama azul eterna, proyectando sombras que danzaban y estiraban las formas de las rocas. El complejo bullía: manadas enteras se congregaban en los claros centrales mientras los heraldos del Consejo —lobos ancianos, túnicas bordadas en plata— anunciaban las pruebas con voces que retumbaban como truenos amplificados por