Una semana después, la entrada principal de Luna Creciente parecía un puerto.
Hileras de vehículos con emblemas grabados en las puertas —la luna creciente en plata vieja— aguardaban en fila, cargados con equipo, víveres y armas envueltas en cuero. Guerreros, curanderas y rastreadores iban y venían entregando los últimos paquetes, asegurando amarres y revisando mapas.
El aire olía a cuero, gasolina y pan recién horneado. La cocina había madrugado para preparar el desayuno de despedida: pan dulce