La cena en el salón comunal era un estallido de vida lobuna. Las mesas de roble crujían bajo el peso de los jabalíes asados, el pan negro aún humeante y las jarras de hidromiel que pasaban de mano en mano. Las manadas clasificadas —diez en total, entre ellas Luna Creciente y Estrella Plateada— celebraban su triunfo con carcajadas, golpes de puño y relatos exagerados de gloria.
El aire olía a carne chamuscada, sudor y victoria reciente.
Los tambores lejanos marcaban un ritmo primitivo, y las lám