La tensión entre ellos todavía se sentía en el aire, como un hilo invisible que amenazaba con romperse con cualquier movimiento brusco. Emili lo miraba con los brazos cruzados, el ceño fruncido y ese brillo desafiante en sus ojos que a Adrian le desarmaba tanto como lo irritaba.
—Emili, estás embarazada… —repitió él, intentando sonar calmado.
Ella levantó una ceja y respondió con ironía.
—Ya lo sé, ¿o acaso crees que no noto cómo llevo cargando con estos niños en mi vientre desde hace cinco mes