La noche había caído sobre los terrenos del Concejo. El bullicio de la fiesta de la noche anterior aún se escuchaba a lo lejos: música, risas y brindis que celebraban la victoria y la unión entre las manadas. Sin embargo, en un rincón apartado del comedor, donde la luz cálida de las lámparas de hierro forjado apenas rozaba la mesa, tres figuras se reunían para algo mucho más íntimo.
Emili respiró hondo, alisando nerviosamente el mantel con sus dedos. Frente a ella estaba Bastian, su hermano, y