La noche había caído silenciosa sobre el territorio de la manada Luna Creciente. El bosque, que durante el día hervía con los sonidos de pájaros y animales, ahora se mantenía sereno, como si hasta los árboles contuvieran la respiración. En la oficina de reuniones, iluminada por lámparas de aceite y el resplandor plateado de la luna que se filtraba por las ventanas, Adrián aguardaba sentado a la cabecera de la mesa de madera.
A su alrededor ya estaban los pilares de su manada: Leandro y Clara, l