El amanecer pintaba el cielo con tonos dorados y rosados, como si la diosa luna hubiera decidido despedirse con dulzura antes de cederle el dominio al sol. Emili abrió los ojos lentamente, aún envuelta en la tibieza de las sábanas de la habitación que Selene le había asignado. El silencio del cuarto se interrumpía apenas por los cantos de los pájaros en los árboles cercanos y, por primera vez en años, no sintió el peso del vacío que la había acompañado desde que huyó de su manada natal.
Algo