El amanecer apenas se asomaba por las montañas cuando Valeria despertó. La habitación estaba en penumbras, pero sus sentidos agudizados captaban cada detalle: el aroma a pino que entraba por la ventana entreabierta, la respiración acompasada de Kael a su lado y, sobre todo, ese presentimiento que le oprimía el pecho desde hace días. Colocó instintivamente una mano sobre su vientre abultado, como queriendo proteger a su cachorro de lo que se avecinaba.
—Hoy es el día —murmuró para sí misma.
Kael