El murmullo se extendía como veneno entre los miembros de la manada. Valeria podía sentirlo, casi palparlo en el aire mientras caminaba por el territorio. Miradas furtivas, conversaciones que se apagaban a su paso, gestos de desconfianza apenas disimulados. No necesitaba sus sentidos lobunos para entender lo que ocurría: la presencia de una Alfa caída estaba fracturando la unidad del clan de Kael.
Esa mañana, mientras recogía hierbas medicinales en el límite del bosque —una tarea que le habían