Alonso
Crucé el salón lateral del Hotel Gran Esmeralda con el corazón golpeándome las costillas. La música amortiguada del salón principal no lograba cubrir el rugido de mi propia furia. Sentía las manos hirviendo, los dedos crispados como si estuvieran cerrados sobre una verdad que no quería soltar. Martina estaba junto a una mesa; su vestido rojo impecable brillaba bajo las luces suaves, pero sus hombros rígidos y la forma en que apretaba el vaso la traicionaban. El líquido temblaba, capturand