Clara
El aire nocturno me envolvió como un suspiro frío, liberándome del calor sofocante del salón. Cerré los ojos y respiré hondo, con el corazón latiéndome en la garganta. Cada latido era un eco de advertencia: aún no estábamos a salvo. No del todo.
Leonardo caminaba a mi lado, sacudiendo su chaqueta empapada de licor. El olor persistente se mezclaba con la humedad del jardín, un recordatorio punzante de lo cerca que estuvimos del desastre. Lo guié hacia un rincón apartado, lejos del murmullo