Clara
El aroma a café recién hecho llenaba el apartamento, pero no lograba disipar la ansiedad que me atenazaba. Habían pasado dos semanas desde la partida de Leonardo a Zúrich, dos semanas de un silencio que se sentía más pesado que el vacío que ya compartíamos. Había asumido que esta distancia sería difícil, pero no que cada día se sentiría como un ejercicio de contención, de no ceder al impulso de llamarlo, de saber si la nueva clínica lo estaba curando o si la Dra. Eisenberg era más que una