Martina
El auto era una jaula de cuero húmedo y furia contenida. La lluvia martillaba el parabrisas con insistencia, como si quisiera quebrarlo a fuerza de pura rabia. Desde nuestra posición, a media cuadra del bar El Toro, el letrero de neón zumbaba con un brillo herido, su luz roja y azul manchando el asfalto como un hematoma en carne viva.
Alonso tamborileaba los dedos sobre el volante. Sus nudillos, tensos como alambre, delataban el temblor que su fachada de amigo leal ya no podía contener.