Leonardo
La luz fluorescente de la comisaría zumbaba sobre mi cabeza como un enjambre furioso. Me taladraba el cráneo.
Estaba sentado en una silla de plástico duro, las manos esposadas sobre la mesa. Un corte en la ceja aún goteaba, la sangre caliente se escurría por mi mejilla. Cada sonido —el crujido de botas, el murmullo de radios, el portazo lejano de una celda— me arañaba los nervios.
Pero lo que de verdad me destrozaba por dentro era no saber dónde estaba Clara.
—¿Nombre completo? —pregu