Clara
El reservado del bar olía a madera vieja, cerveza derramada y sudor contenido. Afuera, la lluvia golpeaba las ventanas con una furia que no cedía. La lámpara sobre la mesa parpadeaba, como si supiera que algo estaba a punto de romperse. Leonardo tenía la mandíbula apretada, sus ojos saltando entre la puerta y el reloj cada dos minutos, como si esperara un disparo.
—¿Crees que no se dieron cuenta de que llamamos a la policía? —pregunté en voz baja, el estómago encogido.
No respondió de inm