Dejando a mi pequeña humana totalmente dormida sobre las sábanas, me levanto de la cama con rapidez y comienzo a quitarle las correas a sus tobillos, dejando un beso en la piel enrojecida de ambos, antes de proceder a hacer lo mismo con sus muñecas, también enrojecidas.
La he atado muy fuerte.
Suelto un gruñido bajo por eso, molesto conmigo mismo por haber sido tan descuidado con la madre de mis futuros herederos, antes de dejar un último y húmedo beso sobre su cuello, el cual se torna en algo más salvaje y posesivo cuando el glorioso sabor de su piel inunda mi paladar y saca mi lado más primitivo.
Es mía.
Una sonrisa quiere tirar de la comisura de mis labios a causa de ese pensamiento y de la vista del poco discreto moretón rojo que le he dejado en el cuello a mi candente y habladora humana, pero me contengo y, en cambio, endurezco mis facciones al reparar en que tendré que dejarla por unos cuantos días.
Tendré que dejar aquel dulce y apretado coño que me pertenece.
Frustrado, m