No le temas a ellos.
—Bien, vamos — dice Ares con palpable diversión por mi reticencia a salir. De mala gana lo suelto —. No debes tener miedo de nuestra gente, Artemisa, todos ellos darían la vida por la tuya sin rechistar si tuvieran que hacerlo. Y nadie te tocará un pelo sin antes tener que pasar sobre mí — asegura, muy en serio.
—No sé si sentirme agradecida por tu protección o asustarme por el hecho de que acabas de confirmarme que tal vez alguien quiera pasar sobre ti para llegar a mí — respondo, nerviosa. Ares suspira.
—En las semanas que no estuve a tu lado, me encargué de sacar del camino todas las malas hierbas que se habían estado asentando por años en la secta — me tranquiliza, demasiado serio —. Pero eso no quiere decir que fuera de mis territorios no haya peligro alguno, Artemisa. Este es un mundo peligroso para personas como nosotros y siempre va a haber alguien que se oponga a mi voluntad y quiera hacerme daño lastimándote a ti — suelta sus manos a los lados de mi rostro y traza mis mejill