Está claro que la empatía es algo con lo que Ares no nació.
—Estamos dentro — dictamina con frialdad Ragnar, luego de unos segundos que parecen eternos —. Pongo a disposición la ayuda del cuarenta por ciento que por ahora dispongo de los integrantes de la secta segunda y de mis hermanos y yo para acabar con esto de una vez por todas — declara.
Varios suspiros colectivos se escuchan en la sala y aquellas palabras parecen ser todo lo que Ares necesita escuchar para tomar mi cintura y obligarme a comenzar a caminar con él hacia la salida de la habitación mientras Ragnar sigue hablando.
—Pero tengo peticiones que demandar — exige el susodicho, al cual dejo de escuchar cuando Ares me saca por las puertas dobles -seguido por Troian y Aitor- y me deja en el pasillo.
Intento resistirme a su forma de sacarme de allí, pero él simplemente me ignora y tan solo me obliga a mirarle cuando las puertas se cierran a sus espaldas, sacándome un bufido molesto y obligándome a dedicarle una mirada expecta