Ashven corría.
Las piernas le ardían, el aire le quemaba los pulmones y las manos… las manos dolían como si las hubiera metido directo al fuego. Las batatas asadas seguían calientes, demasiado calientes, pero no las soltó. Las apretó contra el pecho mientras esquivaba carretas, perros y personas que ni siquiera se molestaban en mirarlo.
-¡Eh! ¡Vuelve aquí! -Gritó una voz adulta detrás de él.
No miró atrás.
Sabía por ese tono, ese paso largo, pesado. El hombre lo alcanzaría si seguía corriendo a