El amanecer en Zafir rugía con tambores y vítores, un eco de poder que se derramaba desde el palacio imperial hasta las calles empedradas. Diez días de fiestas celebraban a Eros, el nuevo emperador, cuya corona brillaba como un trofeo arrancado a la muerte. Pero en Lumeria, al otro lado de las fronteras, el aire era distinto. No había excesos ni fanfarrias. Solo el susurro del viento entre los olivos y una calma que parecía sostener el mundo en pausa.
Alexandra caminaba por los jardines del pal