CAPÍTULO 108 — EL CONTRAATAQUE.
Eros cabalgaba de vuelta a Zafir con su ego un roto, su semental negro cojeando por el camino fangoso, los cascos hundiéndose en el lodo. El sendero serpenteaba entre colinas áridas, salpicadas de rocas partidas y matorrales espinosos que rasgaban las piernas de los pocos soldados que lo seguían, sus rostros demacrados por la derrota. Su armadura, abollada y manchada de sangre seca, le pesaba como una condena, pero el verdadero peso era la furia que le apretaba el pecho. La segunda emboscada lo