Inicio / Romance / Curvas Prohibidas: La Niñera Harrison / Capítulo 4: Arena en los Pies y Fuego en la Mirada,
Capítulo 4: Arena en los Pies y Fuego en la Mirada,

El sol de Sarasota era un bálsamo que Amber no sabía cuánto necesitaba. En la playa privada de la mansión, Leo y Mia corrían como si acabaran de descubrir que el mundo no tenía paredes de cristal.

—¡Amber! ¡Mira! ¡He encontrado un cangrejo que se llama Jorge! —gritó Leo, sosteniendo un cubo de plástico con un entusiasmo contagioso.

—¡Pobre Jorge, Leo! Déjalo que vuelva con su familia antes de que pida un abogado —rio Amber, sacudiéndose la arena de sus shorts.

A unos metros, instaladas bajo una sombrilla gigante con neveras llenas de fruta y bebidas heladas, estaban Casandra y Emma. Ambas miraban la escena con las mandíbulas desencajadas.

—Dime que no es cierto —murmuró Casandra, ajustándose las gafas de sol—. ¿Esos son los "pequeños demonios" de los que todo el mundo habla? Parecen ángeles de anuncio de cereales.

—Es el efecto Harrison —respondió Emma, chocando su copa de agua de coco con la de Casandra—. Amber siempre tuvo ese don. Mira cómo la miran. Como si fuera el sol.

Mia se acercó corriendo a las chicas, con los rizos llenos de salitre y una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Ustedes son las amigas de Amber? —preguntó la niña, inspeccionando el labial rojo de Casandra—. ¿Tienen dulces? Mi papá dice que el azúcar es "estimulación innecesaria".

Casandra soltó una carcajada y sacó una bolsa de ositos de goma de su bolso como si fuera contrabando de guerra.

—Pequeña, tu papá necesita un curso intensivo de "Cómo no ser un aburrido". Toma, pero que no nos vea el Rey del Hielo.

—¡Gracias! —Mia robó un puñado y se sentó entre las tres mujeres—. Amber nos contó que en la universidad ustedes pintaban las estatuas de colores. ¿Es verdad?

Amber se sonrojó, lanzándoles una mirada de advertencia a sus amigas.

—¡Amber! —exclamó Emma, fingiendo indignación—. No les cuentes nuestras tácticas de guerrilla artística. Van a terminar pintando el Tesla de su padre de rosa chicle.

—¡Oh, por favor, háganlo! —suplicó Casandra—. Pagaría por ver la cara de Tyler Fox si su coche pareciera una Barbie-móvil.

La tarde transcurrió entre risas, castillos de arena que terminaron en guerras de agua y una sensación de familia que Amber creía muerta. Por unas horas, olvidó que era la empleada y se sintió viva. Sin embargo, la noche en la mansión siempre traía de vuelta la realidad.

Cerca de la medianoche, Amber bajó a la cocina. El silencio era sepulcral, roto solo por el murmullo del mar. Llevaba una camiseta de algodón gris demasiado grande y el cabello recogido en un moño desordenado. Tenía sed, pero cuando entró en la cocina, se detuvo en seco.

Tyler Fox estaba allí, apoyado contra la encimera de mármol, con un vaso de whisky en la mano y la camisa desabrochada por los dos primeros botones. Se veía peligrosamente humano a la luz de las lámparas tenues.

—¿No puede dormir, Harrison? ¿O está planeando la próxima incursión ilegal de azúcar para mis hijos? —Su voz arrastrada y profunda vibró en el aire.

Amber tragó saliva, tratando de no fijarse en la línea de su mandíbula.

—Veo que sus espías funcionan rápido, señor Fox. Solo fue un par de ositos de goma. Nadie murió por ello.

Tyler dejó el vaso y se acercó a ella. No con rapidez, sino con esa elegancia depredadora que la ponía nerviosa. Se detuvo a escasos centímetros, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Mis hijos llegaron a la cena con arena hasta en las orejas y hablando de "Jorge el cangrejo" y de unas amigas suyas que parecen tener una influencia... cuestionable —murmuró él. Su mirada bajó a los labios de Amber y luego a la clavícula que asomaba por su camiseta—. Está alterando el orden de mi casa.

—Su casa no tiene orden, tiene un funeral perpetuo —respondió Amber, recuperando su chispa—. Los niños necesitan arena, risas y, de vez en cuando, un poco de azúcar. Usted debería probarlo. Tal vez así dejaría de fruncir el ceño como si le debieran dinero.

Tyler soltó una risa seca, pero sus ojos no se apartaron de los de ella. Había una tensión eléctrica en el aire, una atracción que ambos intentaban ignorar pero que se sentía como un cable de alta tensión a punto de romperse.

—Es usted muy valiente cuando no hay niños delante, Harrison —dijo él, dando un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que Amber sintió el calor de su cuerpo—. ¿O es que cree que ese disfraz de niñera humilde me engaña?

—No es un disfraz —susurró ella, sintiendo que el aire se volvía denso—. Soy exactamente lo que ve.

Tyler extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, retiró un pequeño mechón de cabello que caía sobre el rostro de Amber. Sus dedos rozaron su mejilla, y ella sintió un chispazo que le recorrió la columna.

—Lo que veo —dijo él, su voz apenas un susurro— es a una mujer que me desafía en cada palabra y que está haciendo que este "peso muerto" empiece a ser lo único en lo que pienso cuando cierro los ojos. Y eso me molesta profundamente.

Amber abrió la boca para responder, pero no salieron palabras. El silencio se volvió pesado, cargado de un deseo que ninguno de los dos quería admitir. Tyler se inclinó un poco más, su aliento rozando su nariz... y entonces, el sonido de un trueno lejano rompió el momento.

Él se apartó bruscamente, recuperando su máscara de indiferencia, aunque sus ojos todavía brillaban con una intensidad salvaje.

—Váyase a la cama, Harrison. Mañana será un día largo. Y por el amor de Dios... deje de traer a sus amigas a mi playa. Esto no es un club de vacaciones.

Amber asintió, con el corazón martilleando, y salió de la cocina casi huyendo. Mientras subía las escaleras, se tocó la mejilla donde él la había rozado. Sabía que estaba jugando con fuego, pero por primera vez en cinco años, ya no sentía frío.

 

 

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP