El restaurante seguía vibrando con el eco de la confrontación. James se había ido como un huracán, dejando tras de sí un rastro de promesas crípticas y una tensión que se podía cortar con un cuchillo de mesa. Andrés y Amber habían salido poco después, dejándome a mí, el gran Tyler Fox, de pie en medio de la sala, sintiendo cómo el mundo se burlaba de mi supuesta omnipotencia.
Me desplomé en la silla, agarrando la botella de vino tinto y sirviéndome una copa que rebosó sobre el mantel blanco. Mi