La gala benéfica del Museo de Arte Moderno era un despliegue de hipocresía envuelto en esmoquin y vestidos de seda. El aire estaba saturado de perfumes caros y del tintineo constante de las copas de cristal, un sonido que me recordaba a la fragilidad de mi propia paz. Caminé del brazo de Andrés Black, sintiendo su presencia sólida a mi lado como un ancla en medio de un mar de tiburones.
Llevaba un vestido de terciopelo verde bosque que abrazaba mis curvas, un diseño que Andrés mismo me había an