La tormenta no avisó. A las dos de la mañana, un rayo rasgó el cielo de Sarasota con una violencia tal que los cristales de la mansión vibraron. Segundos después, la puerta de la habitación de Amber se abrió de par en par.—¡Amber! ¡El cielo se está rompiendo! —gritó Leo, trepando a su cama con los ojos como platos. Tras él, Mia lloraba en silencio, apretando su oso de peluche contra el pecho.—Vengan aquí, pequeños. Solo es el cielo haciendo una mudanza de nubes —susurró Amber, envolviéndolos en un abrazo.Pero un segundo trueno, mucho más fuerte, hizo que las luces de la mansión parpadearan y se apagaran. La habitación quedó sumida en una oscuridad total, rota solo por los relámpagos. En el pasillo, se escucharon pasos apresurados. Tyler apareció en el umbral, iluminado por la linterna de su teléfono.—¿Están aquí? —Su voz sonaba agitada, perdiendo por completo la compostura de CEO.—Estamos bien, señor Fox —respondió Amber desde la cama—. Pero están muy asustados.Tyler se acercó.
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