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Capítulo 3: El Huracán de la Habitación 4-B

Amber se detuvo frente a la puerta de madera maciza con el número 4-B grabado en plata. Inhaló profundamente, tratando de ignorar el eco de las palabras de Tyler Fox en su cabeza. «Peso muerto». Si ese hombre creía que un par de niños difíciles iban a quebrarla después de lo que ella había sobrevivido, estaba muy equivocado.

Abrió la puerta y, por un segundo, pensó que había entrado en una zona de guerra.

—¡No! ¡Dije que el dragón no puede volar si no tiene alas de fuego! —gritó un niño pequeño, Leo, mientras lanzaba un cojín de plumas que explotó contra la pared.

—¡Pero el dragón es mío y yo digo que nada! —le respondió una niña de rizos oscuros, Mia, que estaba subida encima de una otomana de terciopelo, blandiendo un pincel lleno de pintura azul.

El caos era absoluto. Había piezas de Lego esparcidas como minas terrestres, papel rasgado y una mancha sospechosa de mermelada en la alfombra blanca.

—Vaya... —murmuró Amber, esquivando un coche de juguete que pasó rozando sus tobillos—. Veo que la fiesta de demolición empezó sin mí.

Los dos niños se detuvieron en seco. Sus ojos, grandes y curiosos, se clavaron en ella con una mezcla de sospecha y desafío que a Amber le encogió el corazón por un segundo. Eran hermosos, pero sus rostros reflejaban una soledad que ninguna mansión podía llenar.

—¿Eres la nueva? —preguntó Leo, cruzándose de brazos—. La de antes salió llorando porque Mia le pintó los zapatos.

—Eran unos zapatos feos —sentenció Mia, bajándose de la otomana con una suficiencia digna de su padre—. ¿Tú también vas a llorar? Porque papá dice que todas las niñeras son "débiles".

Amber se sentó directamente en el suelo, ignorando la suciedad y sus propias rodillas. Se puso al nivel de ellos, algo que pareció descolocarlos por completo.

—Bueno, para empezar, mis zapatos ya son viejos, así que la pintura azul les vendría bien —dijo Amber con una sonrisa tranquila—. Y segundo, no planeo llorar. Planeo construir un castillo para ese dragón sin alas. Pero claro, si prefieren seguir destruyendo cosas, supongo que me aburriré mucho.

Leo entornó los ojos, acercándose un paso.

—¿Sabes construir castillos? ¿De los de verdad? Con foso y todo?

—Con foso, torres de vigilancia y una prisión para los caballeros que no se bañan —afirmó Amber, empezando a apilar bloques con una agilidad que sorprendió a los pequeños.

Las siguientes horas fueron un torbellino. Amber no los regañó por el desorden; en cambio, convirtió la limpieza en un juego de "búsqueda del tesoro". Les contó historias de piratas mientras les ayudaba a lavarse las manos y, para sorpresa de ella misma, se descubrió riendo a carcajadas cuando Leo intentó imitar el rugido de un león con la boca llena de galletas.

—¡No, Leo! ¡Los leones no hacen "muu"! —se burlaba Mia, tirándose encima de Amber para abrazarla por la cintura, un gesto tan natural que a Amber se le cortó el aliento.

—¡Es un león encubierto, Mia! —respondió Amber, devolviéndole el abrazo con una ternura que le desbordaba el pecho.

Casi seis horas después, el caos se había transformado en una paz agotadora. Los niños estaban sentados en la alfombra, apoyados contra las piernas de Amber, escuchando cómo ella les narraba una historia sobre una estrella que perdió su luz y la encontró en el fondo del mar.

En el umbral de la puerta, una sombra se proyectó sobre el suelo.

Tyler Fox estaba allí, con la corbata floja y la chaqueta en la mano. Su expresión de hierro se había agrietado. Miró su reloj de pulsera y luego a la mujer que, cubierta de restos de plumas y con una mancha de pintura azul en la mejilla, mantenía a sus hijos en un silencio absoluto y feliz.

—Son las ocho —dijo Tyler, su voz rompiendo el hechizo. Era menos gélida que en la mañana, casi incrédula—. Deberían estar gritando a estas horas.

Leo se giró, radiante.

—¡Papá! ¡Amber dice que los dragones pueden usar propulsores si no tienen alas! ¡Y no lloró ni una vez!

—Ni siquiera cuando Leo le tiró el jugo —añadió Mia, mirando a Amber con una adoración que Tyler no había visto en meses.

Tyler dio un paso hacia el interior de la habitación, sus ojos grises fijos en Amber. Ella se puso de pie con dificultad, sacudiéndose el polvo del vestido, manteniendo la mirada firme a pesar de que el corazón le latía con fuerza por la cercanía del CEO.

—Ha pasado más de cinco horas aquí —observó Tyler, deteniéndose a solo unos centímetros de ella. El aroma a sándalo volvió a envolverla—. La mayoría huye a la tercera hora pidiendo un aumento por "peligro de muerte".

—Le dije que no soy como las demás, señor Fox —respondió Amber en voz baja, para no romper la calma de los niños—. Quizás el "peso muerto" tiene más resistencia de la que usted calculó.

Tyler no respondió de inmediato. Recorrió con la mirada el rostro de Amber, deteniéndose en la mancha de pintura azul y en la suavidad de su expresión. Por un instante, la frialdad en sus ojos fue reemplazada por una chispa de algo que Amber no supo descifrar: ¿asombro? ¿interés? ¿o algo más peligroso?

—Mañana a las siete, Harrison —sentenció él, recuperando su máscara de hielo—. No se acostumbre al éxito. Mañana mis hijos recordarán que son unos pequeños tiranos.

—Y yo recordaré que usted es un hombre que no sabe dar las gracias —retó ella con una sonrisa burlona.

Tyler apretó la mandíbula, pero por primera vez, no hubo un insulto. Solo un asentimiento casi imperceptible antes de dar media vuelta y salir de la habitación, dejando a Amber con la sensación de que, en esa mansión, la guerra acababa de volverse mucho más personal.

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