Entré en la mansión como un espectro que recorre su propio mausoleo. El eco de mis pasos sobre el mármol de la entrada me devolvía una verdad que me taladraba el cráneo: Leo y Mia. Los niños que yo había bañado, los que habían llorado en mi hombro, los que llevaban mi apellido... eran la carne y la sangre de James Moon. Y lo más doloroso, eran los hijos que Amber creía enterrados bajo una lápida fría.
—¡Papá! —el grito de Mia me sacó de mi trance.
Los vi en el salón principal. Estaban sentados