La clínica privada "Saint Jude" se alzaba ante mí como un monumento de mármol blanco y cristales ahumados, un lugar que alguna vez representó la esperanza de mi paternidad y que ahora se revelaba como la cuna de todas las mentiras que habían podrido mi existencia. Mis manos seguían apretando el volante con tal fuerza que sentía los huesos de mis nudillos a punto de perforar la piel.
La carpeta de Dominic quemaba en el asiento del copiloto. "No eres estéril". "Isabella pagó al médico". "Los bebé