87. El hijo de sombra.
Al principio no entendí que aquello era “él”, el hijo que no había pedido, el eco que había sembrado dentro de mí la noche en que las voces callaron, porque no tenía forma fija y no se movía como una criatura que respira, sino como un fragmento de humo que a veces adoptaba siluetas casi humanas y otras se desplegaba en espirales que recordaban a un ala rota o a un brazo extendido buscando algo que no sabía cómo alcanzar.
—¿Névara… eso es lo que creés que es? —me preguntó Renhal, uno de los guar