86. Porque Meira vuelve.
Camino hasta el centro del santuario en ruinas, dejo que el calor de mis manos ilumine tenuemente el espacio oscuro. Cierro los ojos y dejo que el fuego interno guíe mis pensamientos, buscando en esa llama muda el camino a seguir.
—Si el niño no es más que un eco, una decisión, entonces debo decidir qué hacer con ese eco —me digo con una determinación renovada, aunque temblorosa.
Porque, al final, el destino del fuego y de las sombras descansa sobre mí, sobre esta mujer marcada por el pasado, e