83. A la madre se le canta o se le mata.
El aire es denso, espeso como una cortina de humo que no se disipa, cargado con una mezcla insoportable de deseos contenidos y decisiones que se clavan en mi carne y en mi alma como cuchillos ardientes. El santuario, que hasta hace poco parecía un refugio donde las voces de las antiguas y las promesas del futuro podían convivir, se convierte ahora en un escenario de batalla final: salvar a Meira o entregarme al hijo, contener esa fuerza inasible que se escapa de toda lógica y de todo control. M