374. Te estás conteniendo.
No es el miedo lo que me ocupa primero, ni siquiera la expectativa de lo que vendrá, sino una sensación más difícil de nombrar, una vibración persistente que se instala en el centro del pecho y se expande con cada respiración, como si el poder recién liberado no hubiera terminado de acomodarse y buscara, todavía, una forma definitiva de habitarme sin desgarrarme en el intento.
Aeshkar permanece a una distancia que no es prudente ni inocente, lo suficientemente cerca como para que su presencia influya en la mía, lo bastante lejos como para que la tensión entre ambos no termine de resolverse, y descubro que ese espacio intermedio es ahora un territorio nuevo, uno que ninguno de los dos domina por completo, un lugar donde el deseo no se manifiesta como impulso sino como espera cargada, como una pregunta suspendida.
—Te estás conteniendo —dice, y no lo hace como reproche, sino como quien reconoce una decisión difícil—. Puedo sentirlo.
Asiento apenas, porque ponerlo en palabras lo volvería