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376. La herida que aprende a nombrarse.

No es el miedo lo que se instala primero cuando el anuncio de la guerra deja de ser una abstracción y comienza a tomar forma en los bordes de la conciencia, sino una presión más íntima, más difícil de expulsar, como si cada emoción que he contenido durante años decidiera reorganizarse de pronto bajo una lógica nueva, reclamando espacio, reclamando voz, reclamando incluso el derecho a doler sin ser inmediatamente convertida en estrategia.

Siento el poder todavía despierto, no como un incendio descontrolado, sino como una presencia atenta, vigilante, que se acomoda en mis gestos más pequeños, en la forma en que apoyo el peso del cuerpo, en la manera en que mis pensamientos ya no se deslizan sino que avanzan con una determinación que me resulta extrañamente ajena y, al mismo tiempo, profundamente mía.

Aeshkar permanece cerca, lo suficiente como para que su influencia roce la mía sin fundirse, y esa proximidad se vuelve una prueba constante de contención, porque cada vez que su mirada se
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