393. La herida que aprende a nombrarse.
No todo despertar llega como una llamarada; algunos lo hacen como una herida que deja de sangrar para empezar a hablar, y eso es lo que siento ahora, una fisura interior que ya no supura miedo sino sentido, como si cada fragmento de mí, incluso los que quise negar durante siglos, se acomodara por fin en una forma que no necesita permiso para existir.
Avanzo con esa certeza latiendo bajo la piel, y aunque el combate aún no ha terminado, aunque los Selladores siguen allí, reorganizándose con la torpeza de quienes ya no comprenden el terreno que pisan, mi atención se repliega un instante hacia adentro, donde el poder recién liberado todavía vibra con una intensidad que me obliga a reconocerlo no como arma, sino como parte íntima de mi respiración.
Aeshkar permanece cerca, tan próximo que su presencia altera el ritmo de mis pensamientos, y esa cercanía no es defensiva ni estratégica, sino deliberadamente expuesta, como si al mostrarse conmigo declarara que ya no hay separación posible ent