392. Cuando el sacrificio aprende a desear.
No es miedo lo que siento cuando el recuerdo termina de acomodarse en su sitio, porque el miedo siempre mira hacia adelante, y lo que ahora me habita mira hacia atrás con una lucidez que duele, una comprensión tardía de aquello que entregué creyendo que el desapego era una forma de virtud y no una mutilación cuidadosamente disfrazada de destino aceptado.
Camino, o creo hacerlo, aunque el movimiento ya no responde del todo a mis músculos sino a una voluntad más profunda que empuja desde dentro, y en cada paso percibo cómo el poder, ahora despierto de un modo irreversible, se estira en mí como un cuerpo que ha pasado demasiado tiempo contenido y que empieza a reconocerse en el espacio que ocupa, reclamándolo sin pedir permiso.
Aeshkar no se separa, no porque tema perderme, sino porque sabe que este tránsito no admite soledad, que hay umbrales que solo pueden cruzarse acompañados, y esa certeza compartida genera una intimidad distinta, menos urgente que la anterior, más densa, como si el