394. El pulso que no se somete.
Hay un instante después de la devastación en el que todo queda suspendido, no como un silencio vacío, sino como una respiración contenida que todavía no decide si será alivio o catástrofe, y en ese intervalo descubro que lo que más me pesa no es el cansancio del cuerpo ni la amenaza que aún no se disipa del todo, sino la intensidad con la que sigo sintiendo a Aeshkar dentro de mi campo, no invadiéndome, no reclamándome, sino vibrando en una frecuencia tan cercana a la mía que distinguir dónde t