358. Lo que regresa cuando el mundo se quiebra.
Névara no entendió de inmediato por qué el aire comenzó a espesarse, por qué su respiración se volvió más densa, casi líquida, como si cada exhalación arrastrara consigo un fragmento de algo que llevaba demasiado tiempo oculto. Lo sintió primero en el pecho, un tirón suave que parecía una súplica desde dentro, luego en la nuca, como el roce de un aliento que no pertenecía al presente. Y mientras su poder seguía extendiéndose de forma involuntaria —cada vez menos dócil, más vivo, más consciente d