359. La herida que arde entre dos almas.
Nunca es el dolor lo que me desarma primero, sino la forma en que la presencia de Aeshkar, incluso atrapada entre los anillos de luz que los Selladores han tejido para quebrarla, sigue llamándome desde un lugar que reconozco sin haberlo recordado durante siglos, y mientras mi poder late de forma errática, como si quisiera liberarse aun sabiendo que no estoy preparada, siento que algo más profundo que un simple impulso mágico se abre paso, algo que vibra en los bordes de mi memoria como un susurro ahogado que pugnara por emerger desde lo más recóndito de mi cuerpo.
Aeshkar me mira; no es la mirada del ser negro que ha desgarrado ejércitos, ni la del renacido que ha pronunciado su nombre entre ruinas, sino una que me recuerda demasiado a un instante anterior al mundo que conozco, una mirada que quema más que cualquiera de sus llamas. Y al verla, esta presión caliente detrás de mis ojos se intensifica, como si una imagen remota insistiera en mostrarse, y entonces el poder se me escapa u