357. El estremecimiento que desarma el mundo.
Aeshkar no pensó jamás que el deseo pudiera nacer en un instante tan inhóspito: con los Selladores aún custodiando la prisión ritual que ya comenzaba a ceder, con su cuerpo inmovilizado por un entramado de marcas antiguas que ardían como ceniza viva, con la garganta tensa por la frustración y el miedo que había tratado de sofocar durante años; sin embargo, lo que sintió cuando el poder de Névara comenzó a desplegarse —no como un estallido caótico, sino como la revelación profunda de algo que siempre había estado destinado a tocarla— fue tan abrumador en su intimidad que, por un momento, olvidó todo lo que podía destruirlas.
Névara había cerrado los ojos apenas un segundo, como si necesitara una caricia del propio vacío para convocar aquello que había permanecido reprimido desde la ruptura de las memorias. Cuando los abrió otra vez, ya no eran solo los suyos: eran un reflejo del vínculo prohibido que alguna vez compartieron, un resplandor que parecía beber del pasado sellado, del eco d