326. El nombre que arde en mi lengua.
Y mientras lo domina, mientras desata ese poder prohibido que despierta admiración y miedo en partes iguales, gira su rostro hacia mí. Me mira con un deseo tan intenso que la tormenta misma parece inclinarse hacia nosotros.
Esa es su primera acción como ser completo.
Y sé, con una certeza que arde más que el fuego, que nada en este reino volverá a ser igual.
El enemigo todavía palpita en el aire convertido en una espiral tensa de humo desgarrado y brasas que se niegan a extinguirse, y aunque el ser renacido domina cada hebra de esa sombra agonizante con una facilidad que perturba incluso a la tormenta, puedo sentir que queda un eco peligroso retorciéndose en los bordes de la realidad. Pero él no parece preocupado; de hecho, mientras el remolino de oscuridad se deshace con la cadencia de un suspiro final, gira hacia mí con una lentitud que transforma cada gesto en un ritual íntimo, como si su cuerpo recién conquistado quisiera mostrarme cada centímetro, cada músculo que late bajo la pi