327. La que lo llamó la primera vez.
—Prometiste liberar mi nombre de la muerte.
Lo beso. En ese instante, la memoria deja de fragmentarse: se vuelve una corriente que fluye hacia mi cuerpo con una claridad devastadora. Lo veo al fin con su forma original: un ser de fuego en espiral, un guardián antiguo traicionado por quienes temían su poder, sellado, mutilado de identidad, condenado a depender de la única mortal lo bastante osada como para acercarse sin flinchar.
Yo.
Névara.
La que lo llamó la primera vez.
La que lo invocó cuando aún no sabía que la magia podía matar.
La que lo ató con un beso.
La que lo desató ahora con otro.
El contacto se intensifica, y mientras nuestras bocas se funden con una necesidad que quema más que el fuego mismo, Aeshkar apoya su frente contra la mía y deja escapar un suspiro que vibra como un trueno contenido.
—Regresaré todo lo que te debo —dice, y su promesa se mete bajo mi piel como un filo dulce—. Pero antes debo terminar lo que empezamos hace siglos.
El aire vuelve a tensarse. Las somb