313. Aquello que despierta en el fuego.
Nunca entendí el silencio hasta esa noche.
Siempre pensé que el silencio era ausencia, un hueco, un vacío. Pero no. El silencio verdadero es una presencia densa, una mano invisible que se posa en la nuca y te obliga a escuchar incluso aquello que no quieres oír. Y cuando el fuego comenzó a erguirse frente a mí… comprendí que el silencio también podía quemar.
El templo derruido respiraba conmigo, exhalando cenizas cada vez que el viento rozaba sus muros quebrados. Habíamos encendido la hoguera para ahuyentar a las criaturas que merodeaban entre los árboles, pero el fuego—mi fuego, porque fui yo quien lo invocó—no ardía como un fuego normal. No crepitaba. No chisporroteaba. No consumía nada.
Solo brillaba, como si esperara.
Y yo, idiotamente, me quedé mirando.
Las llamas comenzaron a moverse de un modo imposible, despegándose de la madera sin quemarla. Las vi elevarse, trazar una curva suave como la de un brazo extendido, luego retraerse, temblar… y entonces escuché algo: no una voz, no