312. Él que arde y me mira.

Nadie habla, pero la noche respira, y cada exhalación que el reino deja escapar parece cargada de un temblor que no existía antes, como si las sombras mismas se preguntaran en silencio qué hemos liberado… y a quién.

Camino por el gran corredor de mármoles negros, donde antorchas húmedas susurran un crepitar inquieto; la llama no danza, sino que se inclina hacia mí, como si recordara el sabor de algo que nunca debió probar. Mis tacones resuenan despacio, medidos, como notas en una canción escrita para que nadie pueda imitarla. Mis manos, cubiertas por guantes de seda que ocultan la marca donde comenzó todo, tiemblan apenas, aunque jamás lo admitiría ante ellos, ni siquiera ante mí misma.

El aire es espeso. Casi carnal. Sabe a hierro, a piedra mojada, a un miedo que todavía no se atreve a decir su nombre.

Cuando llego a la antesala del Consejo, encuentro al Duque de Velmor de pie, inmóvil, el rostro inclinado como si escuchara a través de las paredes algo que nadie más puede oír. Su pel
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