31.El corazón en la pelvis.
La luna me sigue desde lo alto, muda y atenta, como si no vigilara mis pasos sino los ritmos ocultos que empiezan a estremecerme desde dentro, como si conociera el secreto de cada latido y supiera que ahora mi cuerpo es otro, un territorio compartido, un territorio que ya no responde solo a mi voluntad. Ya no es solamente deseo lo que vibra bajo mi piel, ni la llama familiar que aprendí a domar, a liberar, a transformar en alimento o castigo; hay algo nuevo que no me pertenece del todo, que no